Un círculo es un círculo; da igual que le pongas escuadras, que lo estires, que lo metas en un molde. Siempre será un círculo. Mi madre era un círculo. Y un cuadrado es un cuadrado; por mucho que lo calientes para que sea más maleable, que limes sus aristas, siempre será un cuadrado. Mi padre es un cuadrado.
Son dos figuras geométricas incombinables. Solo si te llamas Leonardo y creas el Hombre de Vitruvio, puedes hacerlo. O si se da el perfecto alineamiento cósmico y le añades unas gotas de energía y hormonas de la juventud, junto a una pizca de querer volar del agobiante nido paternal. Bien, ese alineamiento planetario se dió. Temporalmente; al menos el suficiente tiempo para que mi madre y mi padre pudieran crear las tres pequeñas figuras que somos mis hermanos y yo. Un tiempo breve, del que apenas recuerdo momentos de felicidad entre ellos y que se esfumó más pronto que tarde.
Todo se acabó en el momento que Venus salió de su alineamiento para decirle a mi padre que se deje de tonterías, que él es un cuadrado, con sus aristas y sus rectas, y nunca será feliz viviendo con un círculo. Y para decirle a mi madre que, por mucho que quiera a ese cuadrado, ella es un rotundo círculo, y nunca podrá mantenerlo entre sus curvas y sólo le traerá pena.
La conjunción se difuminó pues y, tras unos años llenos de problemas ¨matemáticos¨ entre círculo y cuadrado, cada uno se alejó a buscar nuevas figuras con las que intentar combinar. Para mi, creo que fue una muy buena resolución del problema para ambos, y fueron, por un tiempo, plenamente felices de ser lo que eran.
Tras ese tiempo, llegaron para ella otros mas oscuros, donde la salud (y el no respetarla como debiera) hicieron mella en su ánimo. Agrió su carácter, de normal abierto, alegre y cantarín, para volverlo suspicaz, taciturno y siempre esperando una palabra para creer que tras ella había un doble sentido hiriente que no existía mas que en su imaginación, lo que redundaba en oscurecerla aún mas. Aún así, entre achaque y achaque, creo, quiero pensar, que disfrutó al menos en los últimos años de mi compañía, de venir a vivir junto a mi familia, de vernos a diario.
Finalmente, después de varios serios avisos en forma de ingresos de urgencia en el hospital, y tras una dura semana de increíble lucha por vivir, contra la opinión de los médicos que apenas le daban horas se ha marchado…
Dicen que los moribundos, los que tienen la suerte de tener tiempo para irse poco a poco, o al menos, sus familiares la tienen para despedirse y acompañarlos, y no se los llevan por delante un accidente o una dolencia instantánea, tienen sus momentos de claridad, inesperados. Que mientras se van adentrando para siempre en la oscuridad, que los envuelve y les hace vegetar, salen ocasionalmente de las sombras para dar chispazos de luz, chispazos de palabras, lúcidas y llenas de sentido y que sorprenden a los presentes. La verdad que yo creía que era otro mito, otra leyenda acerca del proceso de ver como un ser querido se aleja, de ver como se pierde indefectiblemente para no volver mientras pierde la pelea con su propio cuerpo, sujetada por una miríada de cables de control, vías y medicinas que palian su dolor mientras soporta el trance. Y que fruto de ese proceso que no queremos enfrentar, que nunca pensamos que nos tocará, inventamos historias, ilusiones, para dar algo de sentido, para poder estar unos instantes más con esa persona amada.
Por eso me pilló por sorpresa. Por eso, mientras estaba otro día más a su lado, pegado a su cama, preguntándome si ella de verdad notaría mi presencia, pues ya hacia horas que había dicho alguna palabra, apenas audible y mucho menos inteligible, y mientras leía absorto mi libro oí alto y claro tres palabras. – ¡Hola mi Alberto! Apenas tuve tiempo para girar la cabeza, y ver sus ojos abiertos, limpios y claros, llenos de cariño. Mirándome fijamente, sin duda, y sonriéndome. Apenas alcance a preguntar un tonto ¿cómo estás? y levantarme para acariciar su frente mientras la peinaba con la mano y cerró sus ojos para volver a perderse otra vez en su interminable sucesión de quejidos mientras transitaba su camino de nuevo a la oscuridad, para no volver ya. Yo ya no oiría de nuevo su voz.
Pensando acerca de esto posteriormente en numerosas ocasiones, estoy seguro de que fue un regalo que me hizo, un regalo para decirme que me quería, que no me preocupara, que ya se encontraba bien. Que no me preocupara de las numerosas riñas que habíamos tenido en los últimos años en los que no podía aguantar como se marchitaba, como no quería hacer ninguno de los consejos de los que la queríamos, o lo hacía a regañadientes y temporalmente para acallarnos. Era así egoísta en su propio destino. Nadie, ni los propios médicos, iban a decirle cómo vivir su vida. Pero… al fin y al cabo, ella era un círculo y nosotros solo otras formas figuras que no entendíamos su redonda forma de vivir.
Te quiero mucho Mariluli. Diviértete con los tíos, que seguro te estarán acompañando y ya te tendrán entre sus brazos.
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