La tormenta estaba totalmente desatada y por momentos parecía querer tragárselos enteros. Jake no podía permitirse el lujo de perder el control ni un solo instante por lo que sereno, agarraba con firmeza pero suavidad el mando en forma de U del hidroavión. La lluvia arreciaba por momentos pero lo más peligroso era el viento, impredecible y cambiante, que empujaba la maquina como si esta fuera de papel y obligaba a su piloto a corregir una y otra vez su trayectoria.
Pero ya podía ver entre los destellos de los relámpagos y las breves huecos que abrían las cortinas de lluvias la forma de la costa de Gora Bora, y en ellas, pequeños como estrellas lejanas, los puntitos de luz entre los que estaba su casa, el hogar que finalmente había encontrado tras muchos años de vagar dando tumbos por todo el pacífico sur.
Jack miraba con total atención las acciones de su amigo con su único ojo, consciente de la situación peligrosa que estaban afrentando y perdonando de corazón que el hubiera perdido su ojo de esmeralda en una timba desgraciada. Bueno, si les sacaba de esta, claro.
El mar, totalmente fuera de si, empujado por los vientos y cincelado por la curiosa orografía de arrecifes y rocas que circundaban la isla, no les pondría fácil la tarea de amarrar el pelícano de metal en su muelle.
Con sus grandes olas, amenazaba con colocar una pared de agua mortal a medida que el avión descendía su altura y velocidad y se colocaba en posición de amerizar.
Jake cerró los ojos un instante, haciendo un repaso mental de la ruta que conocía ya de memoria. De los movimientos repetidos una y otra vez durante años. Sus manos realizaban automáticamente ajustes a los perceptibles cambios de dirección que la tormenta obligaba al aparato.
Los abrió de nuevo para enfrentar la batalla final dejándose llevar por esa experiencia acumulada y por su instinto de domador del viento que ya desde pequeño, mientras jugaba con las diferentes piruetas y altura de cometas hechas por el mismo con cuatro palos y un trozo de tela, le había servido para forjarse su merecida fama de piloto.
El primer beso entre el agua y el metal era el que más temía, una mal ángulo entre estos elementos depararía un desastroso final para los dos amigos.
Ya estaban a la altura idónea para el amerizaje y ambos contuvieron el aliento, incluso parecía que el gran pájaro lo hiciera con ellos mientras esperaban ese crucial momento.
Jake comenzó a contar mentalmente. Uno, dos, tres, cua..TRO! el cuarto segundo se vio brutalmente interrumpido con la pasión de la unión de los dos elementos, el natural y el fabricado por el hombre. Uno trataba de frenar la carrera del otro, empujando en dirección opuesta a la trayectoria de este, que se quejaba a medida que su superficie iba rozando más y más el espumado y erizado dorso del agua mientras hacía que millones de diminutas gotas de aguas salieran a presión a ambos lados de la quilla del hidroavión. Cada tornillo parecía querer gritar, decir un «¡eh! ‘estoy aquí!» pero también un «voy a aguantar, no me voy a partir, ni voy a soltarme, confía».
Es todo lo que pasaba por la cabeza del piloto mientras notaba como la velocidad descendía, como las sacudidas eran menos impetuosas y como apenas saltaba ya el avión de cresta en cresta de las olas, pues se deslizaba con gallardía a pocas centenas de metros de su punto final. Disminuyó la potencia de motores y se relajó entonces para mirar a Jack, sujeto al cinturón de su asiento con manos, brazos, pies y todo lo que podía, para acariciar el corto pelo del mono y tomarlo con el. Ya podía ponerlo en el hombro una vez más. Lo habían conseguido. Otra vez.
*Relato inspirado por la serie de TV de los años 80 «Tales of the Gold Monkey»
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