Es curioso como hasta que no te haces mayor y paras un poco la vorágine de acontecimientos que la vida te pone por delante, deteniéndote a pensar antes que haciendo cosas por pasión o impulsos, como solemos hacer cuanto más jovenes somos, no te das cuenta de lo que de verdad te gusta, te hace feliz, y de cómo estas “pequeñas”cosas llegan a tu vida. De estos placeres, afición, hobbies, fascinación, pasiones, llámalos como quieras, yo tengo claramente tres que le debo a él, a mi tío. Quiero recordarle y dedicarle estas palabras a continuación y agradecerle habérmelos hecho llegar y, sobretodo, hacernos tan feliz, especialmente de pequeño donde era “el tío”, alguien que deseabas que llegara cualquier excusa como la navidad, cumpleaños o cualquier fiesta, para estar con el un ratito y partirte de risa con sus chistes y el cariño que desbordaba, lleno de enormes y cálidos abrazos.
El primer recuerdo que tengo de mi tío es muy borroso, de una tarde en la que voy con mi padre y con él a llevarle a la estación de tren Atocha, a coger el suyo camino de su servicio militar. Gracias a eso presumía con mis amigos que ¡ojo! mi tío estaba en la mili, en el ejército y si se les ocurría hacerme algo iba a venir a por ellos con todo el peso de este, así que más les valía andarse con cuidado. Claro que siempre algún otro tenía un familiar en la misma situación, alguno incluso sargento, o teniente o general… incluso alguno conocía al mismísimo Rey de España.
El siguiente, más nítido en mi memoria, también en coche, pero esta vez, un viernes por la tarde, ya anocheciendo, el que me llevaba era él. En su Renault 2cv Rojo de uno de sus primeros empleos como comercial de artes gráficas. Me llevaba a acompañarle a su última visita de la semana en un polígono que quedaba más o menos cerca de donde yo vivía. Recuerdo esperar en el coche mientras él realizaba el pedido en la imprenta que visitamos. Es el primer recuerdo de música que tengo. Mi primer pequeño-gran placer. Estaba de fondo en nuestro trayecto, y no recuerdo ninguna canción en especial, pero si que nos acompañaba como uno más en el auto. Pude disfrutar de sus trucos de magia, de sus bromas, de su risa (que risa más acogedora y contagiosa tío) de su cariño y de que era todo para mí solo, mi tío, el ser más divertido que conocía, por un rato era completamente para mí y a los dos nos envolvía la música de fondo que humildemente podían darnos esos altavoces de serie que traía el coche. Ya más mayor, me escapaba junto a mi primo, otra de las personas de mi vida a la que debo algún otro placer, fines de semana y junto a mi tía, nos abrían los oídos a los sonidos (y a todo trapo de volumen, impensable en casa!), no solo de lo que oías por la radio, si no a maravillas rockeros como Foreigner, Elo, Supertramp, Chicago y muchos otros grupos americanos y británicos. Y, como no, a Queen. Mi tío fue la persona que más envidia del mundo me dio cuando me comentó que acababa de asistir el día anterior a un concierto del grupo en Madrid, en mi época en la que Queen era “mi mejor grupo mundial”. ¿Cómo se podía molar mas?. Gracias tío por la música.
Para el segundo “placer-pasión” probablemente el ni se dio cuenta de lo que estaba haciendo, fue casi por casualidad y por encontrarme en el momento adecuado en el tiempo adecuado.
De vez en cuando, la familia (tíos, primos, abuelos) organizábamos un sábado para pasarlo juntos, de fiesta en un pequeño terreno que mis abuelos tenían cerca de un pueblo alejado de Madrid, donde pasábamos el día entre risas, bromas, historias que contaban los mayores y paseos por los numerosos caminos que pasaban cerca del terreno. Normalmente en primavera, cerca de verano, para que el tiempo acompañara y no hubiera que preocuparse de frio o lluvias. Esa vez, además del sábado, los mayores decidieron que pasaríamos allí la noche, en tiendas de campaña, regalándonos a los mas pequeños unas horas de aventuras, historias de miedo y risas extra. Bien entrada la noche, con todo en silencio, recuerdo escuchar “la llamada de la naturaleza” y necesitar salir fuera de la tienda para aliviarla. Me alejé unos pasos de la misma, no mucho, al fin y al cabo era de noche y estábamos en “el campo”, a saber si había un jabalí ( o un oso!) y tras el riego de un generoso matorral que había cerca me disponía a volver a meterme en la tienda calentita, lejos del relente de la noche. En ese momento me percaté de su figura, fumando, en silencio, apoyado en un murete de piedra que hacia las veces de valla de separación de los terrenos colindantes. Me miró, me sonrió y me hizo un gesto para que me acercara. Al llegar a el me preguntó si me encontraba bien, y le respondí afirmativamente con la cabeza. Me vio tiritar un poco y me dejo una rebeca que llevaba el y me abrazó con uno de sus grandes brazos. Enseguida me sentí reconfortado. Se irguió un poco y miró hacia arriba mientras inhalaba encendiendo de rojo fuego la punta de su cigarro. Aún un poco conmoviendo, miré con el hacia arriba y lo ví, terminando de despertarme. Vivíamos en una ciudad dormitorio, no en la gran capital, pero las luces, el que pronto nos íbamos a la cama y que cuando estábamos de noche en la calle era siempre para estar jugando nos había ocultado la vista de esta maravilla. El cielo limpio, sin luna, alejado de la ciudad, de luces, de contaminación, permitía una vista espectacular del cielo. La Vía Láctea clara y nítida brillaba reinando en el cenit de la cúpula celestial y a su alrededor infinidad de constelaciones llenaban el cielo de luz e imaginación. Permanecimos un buen rato callados, mirando las alturas en silencio. Yo movía la cabeza lentamente, de un lado a otro, descubriendo imaginarias líneas y figuras, fijándome en el titilar de miles de puntos y preguntándome porqué otros no lo hacían mientras mi tío, fumaba y sonreía al ver mi cara de fascinación.
Al cabo de un rato, una luz se desplazaba por el cielo cerca y recuerdo decirle a mi tío -¡mira! Un ovni!- y el sonriendo dejó que pasaran un par de segundos en los que llegó el sonido del motor de un avión y me hizo ver las luces parpadeantes que emitía “el ovni”, señalándome su uso como luces de posición de un avión. Luego pasamos un buen rato hablando de esos pequeños puntitos, que en realidad eran soles como el nuestro, la mayoría mucho mas grandes!, a una distancia inconcebible casi para la mente de un niño acostumbrado como mucho a medir en kilómetros. De viajes a otros mundos, de encontrar otras formas de vida, del transcurso distinto del tiempo en el espacio, de, en fín, todo un universo que descubrir y por el que maravillarse el resto de mi vida. Unos cuantos cigarrillos y un mucho más de sueño, pero con la cabeza llena ahora de imágenes e ideas para seguir soñando cuando cierre los ojos, acabaron nuestra conversación ese día y fijaron en mí otra de mis pasiones, la astronomía y el universo. Gracias de nuevo tío!
La última que creo le debo ya la conocía de antes, al menos de pasada. Por supuesto llevaba tiempo viendo películas, de hecho recuerdo la primera vez que fuí con mis hermanos, los tres solos, yo haciendo de hermano mayor, a un cine cercano a casa a ver “E.T”. 25 pesetas cada entrada (alrededor de 15 céntimos de euro!) para ver una obra maestra de la narrativa audiovisual, que, obviamente, con nuestra edad, apenas apreciábamos más que los chistes, la historia y las sensaciones que transmitía la película. Después de eso, el auge de videoclubs y de VHS, hacía fácil ver cine en casa. Pero la mayoría eran blockbusters, muy divertidas de ver, pero hechas sobretodo para pasar un buen rato y comer palomitas, que no es poco. De esas disfrutábamos con mi tío también, recuerdo un “pase” especial en su casa de “Regreso al futuro” con toda la chiquillada de la familia alrededor suya pidiendo verla de nuevo nada mas acabar.
Un poco mas mayores, en esas “escapadas” de fin de semana, también nos ponía películas más adultas, que no solo te entretenían ese momento, te explicaba el porqué de situaciones y cosas. Como convenciones sociales y de época. O cómo habían podido realizar tal escena, los retos que habían tenido para ella, de aspectos técnicos, de “manías” de directores y actores, de que había cambiado en el cine, o incluso en la sociedad detrás de una película. Un maremágnum de historias y curiosidades alrededor del mundo del cine que me hizo ver las películas de otra manera, que me hizo saborear las buenas películas desde sus mismos créditos iniciales; rememorarlas y emocionarme de nuevo con la escucha de sus bandas sonoras. Gracias por enseñarme y hacerme amar el cine de la manera que lo hago. Gracias Tío Carlos. Te quiero
Entrañable relato que nos introduce en como evoluciona la mente de un.niño a través de la admiración hacia su tío, que hacía que los momentos compartidos a través de sus ojos se convirtieran en aventuras apasionantes, convirtiéndose en un cariñoso mito y guardando sus mejores recuerdos de infancia para la eternidad
Me ha encantado este relato