«Llegaré un poco tarde»…
Estaba acostumbrado a esperar, siempre solía llegar un poco antes en cualquier acto programado, le ayudaba a conocer el lugar y le hacia sentirse mejor. En este caso incluso agradeció el mensaje, hacia tiempo, mucho, que no quedaba a conocer a otra persona y estaba un poco nervioso.
A ella la conoció en una de esas páginas donde gente sin tiempo, o con amigos ocupados, buscan una pareja con quien compartir buenos momentos. Aunque el no tenía buenas experiencias de ese tipo de contactos y no tenia mucha fe, ella era un caso distinto desde el principio. Fue la primera en establecer contacto, cosa nada habitual en un mundo donde a pesar de todo, suele ser el hombre quien lo haga. Pero no solo eso, lo hizo con un mensaje simpático en el que le decía abiertamente que había investigado el origen del apodo que el utilizaba en la página, cosa que a el le hizo gracia, pues habitualmente el solía hacerlo también, investigar nombres que le llamaran la atención. Algo tonto, pero le resultaba muy curioso e interesante. Entrando en su perfil descubrió sus fotos, en las que apreció una belleza serena y dulce, pero no sabía por qué, también creyó ver un tipo de soledad que creía conocer bien. No por que estuviera sola, lo mas seguro que siempre tendría algún tipo de compañía, amigos, familia, … Pero «algo» en esas fotos le llamó la atención. Además tenia unos ojos de un azul hielo que sin embargo decían que eran capaz de derretir a cualquiera que osara cruzarse por medio.
Intercambiaron varios mails a lo largo de un par de semanas. En su mayoría llenos de su actividad diaria, salpicada de vez en cuando con alguna confidencia personal. Lo normal era un amable saludo de ella que daba pié a kilométricos mails de el, contándole mil y una cosa. El sabía que tenia una gran facilidad para divagar e ir de un tema a otro, no podía evitarlo, pero sobretodo le gustaba ser sincero. No entendía el por que la gente solía mentir sobre si misma, hacer perder el tiempo a ellos mismos y al resto. El lo interpretaba como un gesto de mala educación. Ella era más reservada y distante, sin embargo de vez en cuando le contaba inesperadamente alguna cosa que a el le fascinaba y le habría mil interrogantes. En uno de esos mails, ella le regaló una foto, no suya, si no de un amanecer rojizo precioso que le envió pensando en el. Hacía mucho, mucho que nadie le había hecho un regalo así. El decidió que quería conocerla, no deseaba más que descubrir alguno de esos misterios que guardaba y el sólo podía intuir. El le propuso conocerse en persona. Ella aceptó.
Hacía una tarde de otoño preciosa, el cielo era limpio y el sol de mediodía calentaba lo suficiente para quitarse la bufanda y buscar un poco la sombra. El se apostó en un pequeño jardín junto al lugar donde habían quedado. Pudo cerrar los ojos y relajarse un momento. Pronto recibió un mensaje en su teléfono en el que ella le indicaba que había llegado y le esperaba en la puerta. Por un momento el se quedó en estado de shock. En la puerta solo había una señora ya muy mayor. Sabía por experiencia que el photoshop hacía maravillas, pero no esperaba eso y las fotos no podían ser de hace veinte años!. Obviamente los nervios le jugaron una mala pasada, ella estaba en la puerta del lugar donde habían quedado.
Justo en el momento que la vio el sol estaba en su cenit y al mirarla le dio la impresión de que salía por ella. Tuvo que cerrar un poco los ojos para no recibir tanta luz de golpe. Pronto ella estaba a su lado con un «Hola» que aplacó casi todos los nervios de el. Las fotos no le hacían justicia. Era guapa, con una sonrisa limpia y clara y esos ojos… tenía un porte sereno, segura y decidida. Tras un par de frases de saludo que no sería capaz de recordar mas tarde, bajaron paseando por la gran avenida.
Hablaban de todo un poco, la conversación salia muy fluida entre ambos. Los nervios iniciales fueron dando paso a un intercambio de palabras agradable y sincero. Llegaron a un café donde charlaron en una mesa delante de dos grandes vasos de delicioso café acaramelado y dos pedazos de tarta, de queso y manzana, deliciosas. El apenas podía probar bocado, deseaba preguntar, saber más. Entonces ella le contó que era su cumpleaños. El recuerda que pensó por una parte la suerte que tenía para que le hubiera elegido para compartirlo, pero también sintió como si fuera el quien los cumplía y ese instante fuera el mejor de los regalos que hubiera tenido nunca.
Pero hacía una tarde preciosa para desaprovecharla y sabían que el gran parque cercano estaría precioso esa época del año. Subieron caminando entre los turistas que a esas horas abarrotaban la calle que les llevaba al parque.
Siempre se había sentido un «bicho raro», le gustaba hacer las cosas simplemente por que le apetecía descubrirlas, y normalmente era todo lo contrario de lo que la gente opinaba, lo que en ocasiones le había provocado el rechazo o incomprensión de los demás. Aunque, sinceramente le daba igual. Era feliz fijándose en detalles que a la mayoría le pasaban desapercibidos. Tenía sueños y aspiraciones que raramente coincidían con los del resto. Le encantaba averiguar todo de muchas cosas y de ninguna, siempre quería probar algo que había visto o leído y era de la opinión que hay tantas cosas por hacer, por ver y por conocer que estaba seguro de no poder hacerlas… pero también que no podría dejar de intentarlo y aunque a veces no salían como esperaba, nunca se arrepentía, siempre había algo que sacar de ello. Algún amigo le decía que le tenía envidia por que hacía siempre lo que quería, «lo que puedo solamente» contestaba el, no siendo muy capaz de entender por que el resto no lo hacía, por el qué dirán casi siempre, y preferían llevar una vida gris y aburrida. Hasta entonces, sólo había encontrado complicidad en su hermana, otro «bicho raro» como el, que era su única confidente, y estaba casi convencido que no hallaría a nadie más así.
Pero entonces llegó ella. Caminaron horas por las calles del parque, tan pronto atestadas de paseantes como ellos, como solitarias. Sonrieron. Escuchaban atentamente lo que el uno contaba de su vida y enseguida el otro contaba un poco de la suya. Fueron descubriendo que tenían muchas más cosas en común de las que seguro habían imaginado el uno del otro. Se contaban confidencias que el otro entendía rápidamente sin mucha explicación. Disfrutaban del aire frío de la tarde. Pensándolo luego, el apenas recordaba más que vagamente por donde habían caminado, sin embargo recordaba perfectamente el momento que unos rayos de sol se colaron por un claro e iluminaron su cara, ella cerró los ojos un instante alimentándose de esa «vitamina D», sin embargo a el le pareció que esos rayos iban allí a verla a ella solamente. A el le encantaba de vez en cuando en alguna pequeña broma chocar muy suavemente su hombro con el de ella, notarla cerca. Aunque era incapaz de mirarla mas de un segundo a la cara por temor a sonrojarse. Descubrió que por cada misterio que resolvía de ella aparecían 100 más, a cual mas delicioso de investigar. Ella le contaba sus planes acerca del futuro cercano, como le gustará vivir, y a el le encantaba esa manera de ver la vida. Era muy clara, y el estaba convencido de que era sincera. Solía tener buen ojo para «calar» a la gente y rara vez se equivocaba, y deseaba que esta no fuera una de esas veces. Le encantaba la manera positiva de ella de ver el mundo, a pesar de todas las dificultades que se planteaban a lo largo de su vida, las atravesaba. Era capaz de analizar cosas negativas de algo hasta sacarlas su lado positivo. Y su manera apasionada de hablar de lo que hacía en ese momento, de lo que quería lograr,… era un torbellino de energía limpia.
Los últimos rayos de la tarde hacían centellear rojizas las hojas de las copas de os árboles de la entrada del parque cuando salieron de vuelta a la gran avenida. En el camino ella, extranjera en el país de el, le contaba curiosidades de los edificios históricos por los que pasaban que el, avergonzado, desconocía. El sabía que al final el tiempo y el frío ganarían la partida y esta maravillosa tarde acabaría. Más pronto que tarde. Pero aún tuvo tiempo para descubrir un poco más de ella en su camino de vuelta a la parada de cercanías donde finalmente se separarían.
Esa separación no la había ni contemplado, y cuando llegó el momento no sabía que hacer. Hasta el momento sólo se había dejado llevar pero hacia mucho que no quedaba con nadie, y ella encima era especial ¿tenía que besarla? ¿darle dos besos en las mejillas? afortunadamente, ella era más resuelta y sabía bien como hacerlo, y unas palabras amables y alentadoras sobre un próximo evento de el, junto con unas palmaditas en el hombro le «despacharon» hacia el andén que el debía tomar ese día. Y ella desapareció.
Ya en el tren de vuelta a su casa el miró el contador de pasos que un mes antes había comprado para obligarse a cumplir un mínimo diario y reforzar sus piernas tras una lesión de principios de año. 19326 pasos habían durado esa maravillosa tarde. El no dejó nunca de cargar el contador para volver a sumar más pasos a ese camino.
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