La quilla de la pequeña embarcación artesanal deja de avanzar cuando Sulbin detiene su acompasado paleo.

Ha salido con el alba a una zona en la que hace tiempo que no se sumerge y donde el mar le ha dicho que hoy puede capturar el alimento para su casa.

Pasa casi una hora sobre la barca, relajado, con los ojos cerrados y completamente inmóvil. No realiza movimiento alguno que altere su comunión con las aguas, escuchando el leve golpeteo del agua con la madera, sintiendo como la suave brisa cargada de sal acaricia su largo pelo tostado por años de sol y salidas al mar. Escucha el susurro de las olas, nota el ligero vaivén de la pequeña canoa.

Aprendió a bucear antes incluso que a caminar, y poco después dominaba todas las artes de pesca. Este ritual para proveer a su familia del alimento diario lo había estado realizando con su padre durante años. Le encantaba ver las manos expertas, firmes y calmas de su padre realizar los mismos movimientos que él hacia ahora en soledad. La sonrisa y bondad  de este cuando se dirigía a él para enseñarle a observar algún detalle del mar, o contarle alguna leyenda de su tribu mientras esperaban el momento adecuado, cuando las aguas estaban más bajas y el alimento estaba más cerca. Le enseñó a no pescar mas que lo necesario para su alimentación, excepto cuando el mar le dijera que pronto llegaría la temporada de tormentas y no podría salir a pescar, entonces agradeciendo a los espíritus de la naturaleza su amabilidad, podría pescar un par de piezas más para salarlas y almacenarlas.

El mar ahora ha calmado completamente su actividad, ahora es el momento parece decirle el mar al joven Moken. Subin abre los ojos y se lanza a un costado de la embarcación. Sujetado con una mano a ella introduce la cabeza para ver desde la altura el fondo del mar, unos 15 metros debajo de el, y sus ojos, acostumbrados a la luz y al agua salada, divisan un gran pez plateado que espera que alguno más pequeño salga de la protección de un bosque de algas.