Vuelta al cole

Aquel día había comido lentejas con arroz. Lo habitual del día después de un día de comer lentejas. Había que aprovechar todo lo que diera de sí cada plato pues, eran tres niños que alimentar (y sin remilgos por la comida) y el dinero no estaba justo, pero casi. El padre, comercial, se pasaba la semana fuera, de viaje, y los domingos, antes de salir de viaje de nuevo, daba «la paga» a la madre que hacía maravillas para estirarla y que durara toda la semana, con sus siete días y sus 3 comidas diarias, además de meriendas.

A el no le importaba, le gustaba la textura espesa que el arroz aportaba a las lentejas, igual que las croquetas de las sobras del cocido, auténtica delicia, de las que alguna vez se había comido a escondidas incluso la masa cruda de las mismas mientras su madre la había dejado enfriar en un plato antes de pasar a la sartén.

De postre, fruta. Peras de agua que chorreaban por las comisuras de los labios de los hermanos mientras estos se aturullaban para contar a su madre, mas alto el uno que el anterior, lo que habían hecho en el cole por la mañana con el mayor lujo de detalles que podían recordar.
Ante tal cantidad de información, la sobremesa se alargó más de la cuenta y la hora para volver a la escuela se había echado encima de nuevo.

Salió con sus hermanos corriendo a la calle, llena del sol de principios de primavera, para unirse a la miríada de niños que llenaban de vida la calle por unos instantes. Frenéticos como ellos, que también aprovechaban hasta el último minuto del mediodía antes de volver a las clases.
Brincando, saltando los escalones de la entrada de tres en tres, mientras se empujaba jugando con los compañeros a ver quien llegaba antes a la fila que cada clase tenía en el patio, llegó a la suya justo cuando la sirena entonaba su canto de alarma, avisando a los alumnos que ya era hora de entrar de nuevo a clase, y a los profesores, que les llegaba esa horda de niños con el alma repleta de energía .

Cada maestrillo tiene su librillo dicen, y la suya tenía un método que a el le gustaba, demasiado. Sabedora del estado de febril actividad de sus chicos, les hacia sentarse en sus pupitres, y reclinarse sobre ellos con la cabeza apoyada en los brazos, con los ojos cerrados, durante los primeros cinco minutos, hasta que el nivel de actividad, risas y chismorreos descendía y desaparecía. Mano de santo con sus compañeros, a el le habían sobrado tres para pasar de la relajación a una siesta plácida. Otra vez. Y otra vez la profesora mandaría una notita a la madre que el niño se queda dormido en clase.

1 comentario

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  1. cristina valladolid bedia 1 agosto, 2023 — 10:17

    Me parece muy bonito y entrañable este relato costumbrista sobre la infancia de un niño normal en una familia de clase media justita de presupuesto.

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